Hoy quiero felicitarte, Madre Tierra, aunque cuesta hacerlo en medio de tanto dolor. Quisiera hacerlo con una famosa y antigua letra gaditana que, tristemente, sigue estando de actualidad: “Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones”. Pero hoy esas bombas ya no pueden evocarse desde la ironía ni desde la copla popular, porque lo que vivimos es demasiado grave. Los gobernantes que llevan el destino del mundo son unos fanfarrones, ni sufren ni padecen el daño que están haciendo a la humanidad. Lo que desean es guerra, y más guerras.
El deterioro que la mano del hombre le está haciendo a su mayor tesoro, que es la Tierra, no tiene nombre. Tantos misiles, cohetes, drones, contaminación y bombas no son motivo para hacerse tirabuzones; son violencia, destrucción y muerte. Las invasiones que se están cometiendo son una muestra de una maldad infinita. Decía mi abuela que donde hay oro amarillo hay ladrones; pero también el oro es negro, y también hay tierras que se saquean, pueblos que se invaden y vidas que se destruyen con excusas disfrazadas de razones.
Cuando una madre llora por traer a un niño al mundo, sufre con el dolor, pero al ver a su hijo en sus brazos pronto olvida ese mal momento. Sin embargo, cuando en las guerras les matan a sus hijos por el deseo de un gobernante ambicioso, ese dolor no se olvida jamás. Esa pérdida no cicatriza, porque arranca una parte del alma.
Lo estamos viendo en Gaza, en Irán, en el Líbano y en tantos otros lugares del mundo. Cuánto sufrimiento, cuánta injusticia, cuánto desprecio por las leyes internacionales y por la vida humana. Todo acto deja huella. Mi vínculo con Beirut se remonta al año 1956. Tanto mi familia adoptiva como mis amigos, y el país entero, lo están pasando muy mal en medio de esta espiral de crueldad. Pero no se llevarán ni un puñado de tierra. También me unen los Cascos Azules españoles, que realizan una labor muy necesaria de observación y vigilancia. Para todos ellos, mi respeto y mi gratitud. Lo que damos y hacemos siempre vuelve a nosotros, porque damos lo que somos.
No me cabe en la cabeza que, en pleno siglo XXI, estemos estancados, retrocediendo, mientras por otro lado buscamos otros mundos porque este, tan bello, lo estamos destrozando. Qué poca inteligencia. Todos los que te están destruyendo, Madre, se sienten exitosos porque ganan dinero, pero no cuentan con el fracaso que les traerá la ruina.
Las guerras nos alejan de todo lo bueno de la vida. El ser humano se destruye a sí mismo, sin detenerse a mirar la naturaleza, sin aprender de su equilibrio, sin escuchar el silencio de la Tierra. Hoy pensaba en tu cumpleaños, Madre, y deseaba que fuera un día de celebración, de gratitud y de alegría, pero la realidad nos devuelve una vez más a los conflictos y al sufrimiento.
Y, aun así, no quiero renunciar a la esperanza. No a la guerra, sí a la paz. Nuestro mayor regalo en tu cumpleaños, Madre Tierra, debería ser enarbolar la bandera de la vida, del respeto y de la paz. La esperanza no es destrucción ni violencia: es una aliada de la vida, una fuerza que nos sostiene y la energía de la que todos estamos hechos.



















